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América Latina en el nuevo tablero global
La región crecerá apenas entre 2,2% y 2,4% en 2026, mientras la rivalidad entre Washington y Beijing redefine comercio, inversiones y cadenas de suministro. Jorge Sahd, director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile, analiza para Forbes Centroamérica los riesgos de una economía acostumbrada a crecer poco y las oportunidades que emergen en energía, minerales críticos, nearshoring y logística.
Claves de la nota
- América Latina crecerá entre 2,2% y 2,4% en 2026, según FMI.
- Jorge Sahd analiza riesgos y oportunidades en energía, minerales y logística.
- EE.UU. y China redefinen comercio, inversiones y cadenas de suministro.
América Latina llega a 2026 atrapada entre dos fuerzas. Por un lado, arrastra problemas que conoce desde hace años: bajo crecimiento, escasa productividad, inversión insuficiente, debilidad institucional y dificultades para responder a las demandas sociales. Por otro, la transformación del orden económico mundial vuelve a colocarla en un lugar estratégico por sus recursos naturales, energía, alimentos, minerales críticos y cercanía con Estados Unidos.
La pregunta es si esta vez la región será capaz de convertir ese potencial en crecimiento. “El problema no es que crezcamos poco un año, es que nos acostumbramos como América Latina a crecer poco”, advierte Jorge Sahd, director del Centro de Estudios Internacionales de la Universidad Católica de Chile (CEIUC), en entrevista conForbes Centroamérica.
El diagnóstico coincide con el que plantea la sexta edición del informeRiesgo Político América Latina 2026, elaborado por el CEIUC y editado por Sahd y Daniel Zovatto. El documento describe 2026 como un posible punto de inflexión para una región que enfrenta un sistema internacional más fragmentado, competitivo y menos previsible, pero que al mismo tiempo dispone de activos cada vez más demandados por la economía mundial.
Economía y crecimiento en América Latina
La economía constituye una primera señal de alerta. El informe recoge una proyección del Fondo Monetario Internacional (FMI) de crecimiento mundial cercana a 3,2% para este año, mientras América Latina avanzaría apenas entre 2,2% y 2,4%. El rezago responde a problemas estructurales como baja productividad, inversión insuficiente, escaso dinamismo tecnológico y debilidades institucionales.
Sahd amplía el horizonte: “Entre el 2013 y el 2024 enfrentamos una suerte de década perdida, similar al año ochenta, por causas distintas, donde crecimos menos del uno por ciento del PIB anual”.
El problema trasciende las estadísticas. Un crecimiento persistentemente bajo limita la capacidad de los gobiernos para financiar políticas públicas, reducir brechas y responder a sociedades que exigen mejores servicios y oportunidades.
“Más que inventar una nueva agenda, tenemos que tener la capacidad de implementar, la voluntad política de implementar una agenda que ya la región necesita de manera urgente”, sostiene Sahd.
El informe recoge, además, el llamado del presidente de CAF, Sergio Díaz-Granados, a romper ese ciclo mediante un crecimiento económico robusto y sostenido, superior a 4% anual, y una mayor integración para reactivar la inversión y el desarrollo inclusivo.
EE. UU. cambia las reglas
Sobre ese escenario económico se está produciendo una transformación de mayor alcance: el reposicionamiento de Estados Unidos en América Latina. La “creciente presión de EE. UU. y China sobre la región” aparece como el séptimo de los diez principales riesgos políticos identificados por el CEIUC para 2026.
El informe describe una política estadounidense más unilateral, transaccional y orientada al poder duro, en momentos en que la competencia con China se extiende desde el comercio hasta el acceso a recursos estratégicos y el control de cadenas críticas de suministro.
Para Sahd, este cambio obliga a América Latina a entender cuáles son hoy las prioridades estadounidenses. “La nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, también conocida como la doctrina Monroe o Monroe dos punto cero, es muy clara. Define Estados Unidos nuestro hemisferio como su zona de influencia, donde debe contenerse la influencia de potencias extranjeras, básicamente China, y donde hay una hay una mayor prioridad por la competencia de los recursos estratégicos”, explica.
La economía está en el centro de esa disputa.
Estados Unidos busca reducir su dependencia de China en cadenas vinculadas a minerales críticos, energía e infraestructura estratégica. China, mientras tanto, continuará profundizando su presencia regional mediante inversiones, financiamiento y acuerdos comerciales, particularmente en transición energética, infraestructura crítica, litio, cobre, agricultura y tecnología digital, según el informe.
“La gran pregunta es ¿basta el garrote para contener esa influencia de China o se necesita también la zanahoria?”, plantea Sahd.
En la lectura del académico, competir efectivamente con Beijing exige que Estados Unidos complemente la presión geopolítica con inversión privada, financiamiento y una propuesta económica más atractiva para América Latina.
Una región que vuelve al radar del capital
Paradójicamente, la misma fragmentación internacional que aumenta los riesgos puede abrir una oportunidad económica.
La transición energética, la inteligencia artificial y la reorganización de las cadenas globales de valor están aumentando la demanda por activos que América Latina posee en abundancia.
El informe identifica seis fortalezas: proximidad geográfica a Estados Unidos, reservas de minerales críticos, potencial energético (fósil, renovable y verde), capacidad agrícola y alimentaria, ecosistemas de innovación digital y un papel creciente en servicios ambientales.
El nearshoring aparece dentro de esa ecuación. El propio documento señala la posibilidad de que América Latina se posicione como destino privilegiado de la relocalización de cadenas globales de valor, siempre que pueda acompañar ese potencial con mejores capacidades institucionales y económicas.
La pandemia expuso la vulnerabilidad de cadenas productivas excesivamente concentradas en Asia y aceleró la búsqueda de proveedores y centros de producción más próximos a los grandes mercados consumidores.
“Nos dimos cuenta que el mundo cambió. Era excesivamente dependiente a China, que se convirtió en la gran fábrica mundial”, afirma Sahd al referirse a las consecuencias de la pandemia.
Para Centroamérica, la cercanía con Estados Unidos ofrece una ventaja evidente, pero insuficiente.
“Los capitales no solamente eligen a los países por su cercanía geográfica, son necesarias también condiciones de base. ¿Qué es lo que ocurre con el capital humano? ¿Qué es lo que ocurre con la infraestructura, con la logística?”, cuestiona.
Ahí aparece una de las principales contradicciones latinoamericanas. La región posee muchos de los activos que demanda la economía del futuro, pero todavía enfrenta limitaciones logísticas, baja sofisticación productiva, escaso valor agregado, déficits de gobernanza e instituciones que, en numerosos casos, no están preparadas para administrar grandes flujos de inversión.
Centroamérica: dependencia y oportunidad
En Centroamérica, la relación con Estados Unidos tiene una profundidad distinta a la observada en Sudamérica.
“En Centroamérica sigue siendo el amo y señor Estados Unidos, no solamente desde el punto de vista del comercio, sino también inversión, cooperación, temas migratorios y seguridad”, señala Sahd.
Y sentencia: “Estados Unidos es un socio insustituible para Centroamérica en el corto y mediano plazo”.
Ese vínculo supone también vulnerabilidad frente a una política comercial estadounidense más proteccionista y transaccional.
Para Sahd, la respuesta no debería ser el desacoplamiento, sino la diversificación.
“Diversificar mercados no significa desacoplarse a Estados Unidos, sino como yo… reduzco la dependencia y por lo tanto el riesgo frente a un país que hoy día es más transaccional”, sostiene.
¿Cómo se posicionará América Latina en el nuevo tablero global?
La región, agrega, también necesita ampliar la naturaleza de lo que ofrece a Washington.
“Hay que seguir avanzando en pensar fuera de la caja qué podemos ofrecer a Estados Unidos que no sea parte de la relación tradicional”, plantea Sahd.
En su respuesta menciona posibilidades en energía, logística, conectividad y cooperación en seguridad, en momentos en que narcotráfico, migración y crimen organizado forman parte central de las prioridades estadounidenses hacia el istmo.
Migración y remesas: el riesgo de un doble choque
La migración constituye otro de los grandes canales de transmisión entre las decisiones de Washington y las economías latinoamericanas.
El CEIUC sitúa la “instrumentalización política de la migración” como el cuarto mayor riesgo regional de 2026.
Para Centroamérica, el riesgo adquiere una dimensión particularmente económica debido al peso de las remesas en los ingresos de millones de hogares.
“Las remesas se han transformado en el verdadero estado de bienestar privado de esos países, porque ha significado fuente de ingreso, ha sido fundamental para el consumo, para el comercio, para la vivienda”, afirma Sahd.
El académico advierte que una nueva ola de deportaciones podría provocar un doble impacto: menores ingresos derivados de una eventual reducción de las remesas y, simultáneamente, una mayor presión sobre los Estados y los servicios públicos encargados de recibir y reincorporar población retornada.
“Eso tendría un impacto desde el punto de vista de menores ingresos y de mayor pobreza importante para Centroamérica”, señala.
El escenario refuerza, además, la necesidad de una mayor coordinación regional y de mecanismos de cooperación con Estados Unidos capaces de reducir el impacto económico y social de eventuales retornos masivos.
Venezuela en la nueva geopolítica
Venezuela constituye otro de los grandes ejes del nuevo tablero regional.
El informe dedica una parte relevante de su análisis al giro de la política estadounidense y sostiene que el país se convirtió en un escenario central de la nueva estrategia hemisférica de Washington, en la que los recursos energéticos adquieren una importancia determinante.
El documento afirma, además, que Venezuela se convirtió en el “primer laboratorio” de una doctrina en la que la disputa por activos estratégicos y el control energético adquiere mayor peso en la relación de Estados Unidos con el hemisferio.
Para Sahd, el petróleo venezolano debe analizarse ahora dentro de la competencia estratégica por recursos y cadenas de suministro.
“Venezuela se ubica aquí en esta nueva geopolítica donde no solamente es importante el precio del petróleo, sino quién lo controla”, sostiene.
Pero una eventual estabilización venezolana tendría implicaciones que trascienden la energía.
“Una Venezuela bien encaminada va a pasar de ser una Venezuela que ha exportado crisis a poder exportar crecimiento”, afirma.
Colombia podría beneficiarse mediante mayor intercambio comercial y nuevas oportunidades de inversión, mientras Ecuador también podría capturar parte de esa recuperación. Perú, Chile y Argentina, añade Sahd, podrían experimentar una reducción de las presiones migratorias que han enfrentado durante los últimos años.
La reconstrucción, sin embargo, no sería inmediata. “Sabemos que la reconstrucción productiva, la reconstrucción institucional y social en Venezuela tomará años”, advierte.
Los países a mirar
Cuando se le pide identificar tres economías centroamericanas con condiciones particularmente interesantes para los próximos años, Sahd escoge Costa Rica, Panamá y Guatemala.
“Primero Costa Rica, por esta sofisticación productiva, por lo que está haciendo en materia de tecnología, de energías renovables, y porque es un país que tiene condiciones de base, creo que le permiten dar un salto”, explica.
Panamá ocupa el segundo lugar de su selección por el Canal, su plataforma logística y su potencial para convertirse en un hub de conectividad, aunque Sahd advierte desafíos institucionales, regulatorios y de sostenibilidad fiscal.
La tercera apuesta es Guatemala. “Creo que Guatemala también tiene una escala relativa, tiene una población joven, tiene una proximidad con Estados Unidos, tiene una actividad económica relativamente estable, a pesar de sus dificultades institucionales”, señala.
Las tres economías condensan, de distintas maneras, la gran discusión que atraviesa América Latina en 2026: disponer de ventajas no equivale necesariamente a saber capitalizarlas.
El informe advierte que “la abundancia de recursos, por sí sola, no garantiza transformación productiva, diversificación económica ni bienestar social”. Para aprovechar el nuevo escenario, plantea fortalecer instituciones, mejorar marcos regulatorios y avanzar hacia una mayor cooperación regional.
Sahd lleva esa reflexión un paso más allá:
“Tenemos todo lo necesario para la economía del futuro, tenemos todo lo que requiere la inteligencia artificial y la electromovilidad, todo lo que la nube requiere lo tenemos nosotros en el terreno”.
La ventaja latinoamericana, por tanto, existe. Minerales, energía, alimentos, ubicación geográfica, capacidad logística y mercados cada vez más relevantes para las nuevas cadenas productivas están colocando nuevamente a la región en el radar global.
Pero la geopolítica también está elevando el costo de equivocarse. El CEIUC advierte que América Latina deberá desenvolverse entre un Estados Unidos más demandante, una China persistentemente activa y un sistema multilateral debilitado, mientras intenta evitar quedar reducida a escenario de una competencia definida desde fuera.
Para empresas e inversionistas, eso significa que variables tradicionalmente consideradas políticas como institucionalidad, seguridad jurídica, relaciones con Washington y Beijing, migración, gobernabilidad y estabilidad regulatoria, serán cada vez más determinantes en las decisiones de capital.
Para los gobiernos, el desafío es todavía mayor: convertir una coyuntura geopolítica favorable en inversión y productividad antes de que la oportunidad cambie de geografía.
Como sintetiza Sahd, “no basta la riqueza de los recursos naturales”. La diferencia estará en la capacidad de los países para construir alrededor de esos activos instituciones, políticas públicas y condiciones de inversión capaces de transformar potencial en crecimiento.





















