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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
La región produce ingenieros, fundadores y plataformas de consumo capaces de dominar mercados enteros.
Claves de la nota
- Delivery Hero compró la aplicación salvadoreña Hugo por 150 millones de dólares en octubre de 2021.
- Uber adquirió Cornershop por 1,400 millones de dólares, valuando la empresa en 3,000 millones.
- Rappi recibió 1,000 millones de dólares de SoftBank en 2019 y prepara su salida a bolsa.
Sin embargo, al madurar, la historia se repite: se venden a un gigante global o llegan a Nueva York en busca de capital.
El talento siempre alcanza su destino, pero lo que todavía falta por construir es la última del rompecabezas.
El caso de Hugo en San Salvador
Una aplicación de color morado se apagó para siempre en San Salvador el 10 de enero de 2023.
La salvadoreña Hugo, una de las súper apps pioneras de Centroamérica, se despidió de su nombre en el país que la vio nacer.
Para los miles de usuarios que la llamaban
“la familia morada”
, fue el final de una historia local; y, para quien sabía leer los números, fue otra cosa: el cierre exitoso de un proyecto que un equipo salvadoreño había construido desde cero, hasta dominar seis países.
Pero Hugo no fracasó: fue comprada por la alemana Delivery Hero, que había acordado, en octubre de 2021, pagar 150 millones de dólares (mdd) por sus verticales de delivery e integrarlas en PedidosYa.
La aplicación que, según la empresa, llegó a controlar cerca del 90% del mercado de última milla en varios de esos países hacia 2020, terminó convertida en un activo dentro de un conglomerado europeo.
El patrón de las startups en América Latina
Construye empresas ambiciosas, capaces de ganar mercados enteros y, sin embargo, cuando esas firmas llegan al punto en que deberían transformarse en gigantes independientes, la mayoría termina vendida a un jugador global o forzada a buscar oxígeno en los mercados de capital del norte.
La historia de Hugo no es una anécdota curiosa, sino el síntoma de un patrón que se repite en toda América Latina con regularidad: la región produce talento técnico y emprendedor de clase mundial.
Entender qué es lo que causa ese patrón revela el verdadero activo de la región.
Y la respuesta es más optimista de lo que parece.
El talento no es la pregunta: es la respuesta
Hay un prejuicio que desarmar: Durante años, se asumió que América Latina consumía tecnología pero no la producía, que el software de verdad se escribía en California.
Los números cuentan otra historia.
Según estimaciones de Deloitte, hoy América Latina alberga un pool de alrededor de 2 millones de desarrolladores y produce cientos de miles de graduados en carreras técnicas cada año.
En el corredor de México a Centroamérica, el primero concentra más de medio millón, y Colombia, Chile, Costa Rica y República Dominicana aportan una base creciente que contratan empresas estadounidenses.
De acuerdo con la consultora Alcor, el mercado regional de servicios tecnológicos para terceros pasó de 70,850 mdd en 2024, a una proyección de 126,300 millones hacia 2030.
No es sólo cantidad, sino calidad.
Los fundadores de esta cantera no hicieron copias mediocres del primer mundo: en muchos casos, resolvieron problemas que esas empresas ni siquiera habían identificado.
El talento no es la variable que falta: es el insumo que sobra.
La pregunta verdadera es por qué ese talento, tan abundante y capaz, rara vez logra construir gigantes que se queden en casa.
Tres caminos hacia el mismo destino
Hay tres compañías que ilustran el patrón, cada una por una vía distinta.
La primera es Hugo.
Fundada en El Salvador en 2017, se expandió a seis países de Centroamérica y el Caribe.
Según Rest of World, la publicación estadounidense sin fines de lucro que cubre noticias tecnológicas fuera de los países occidentales, Hugo llegó a registrar más de 14,000 repartidores y levantó en total poco más de 24 mdd de capital de riesgo, una fracción de las rondas de cientos de millones que sí consiguieron sus pares más grandes.
Nunca alcanzó el estatus de unicornio: tocó techo al aceptar la oferta de Delivery Hero.
Es el talento que construye algo real, pero no encuentra el camino para escalar solo.
La segunda es Cornershop.
Nacida en Santiago de Chile en 2015, reinventó la compra de supermercado a domicilio.
Uber adquirió cerca del 53% en 2020, en una operación anunciada el año anterior, y el 47% restante en 2021 por alrededor de 1,400 mdd, valuando la empresa en 3,000 millones.
Cornershop se convirtió, así, en el primer unicornio del ecosistema chileno, y sus fundadores pasaron a dirigir una división global dentro de Uber.
Es el talento que llega a destino por la vía del exit estratégico de primer nivel.
La tercera es Rappi.
Fundada en Colombia en 2015, por Simón Borrero Sebastián Mejía y Felipe Villamarín, construyó un ecosistema que hoy opera en nueve países y supera los 35 millones de usuarios activos.
En 2019 recibió 1,000 mdd de SoftBank, una de las más grandes inversiones tecnológicas en una empresa latinoamericana hasta ese momento.
A diferencia de las otras dos, Rappi sigue siendo independiente.
Según su cofundador Borrero, acumula varios trimestres consecutivos de rentabilidad y reinvierte el total de sus ganancias mientras prepara una salida a bolsa en Nueva York.
Es el caso, mucho más raro, del talento que escala y se mantiene dueño de sí mismo.
Tres empresas, tres desenlaces.
Y, por cada una, decenas de startups cerraron sin que las comprara nadie, sobre todo en la sequía de capital de 2022 y 2023.
Pero las que sobrevivieron comparten algo incómodo: el capital que hizo posible la escala, o el exit, vino de afuera.
SoftBank en Rappi.
Uber en Cornershop.
Delivery Hero como comprador final en Hugo.
El talento era local, pero el combustible, casi siempre, fue importado.
Cabe una aclaración: es fácil leer este patrón como una debilidad latinoamericana, cuando es, en buena medida, la física misma del negocio.
Las plataformas de consumo masivo, y el delivery en particular, son algunos de los negocios más despiadados.
Requieren cantidades enormes de capital para subsidiar entregas y sostener años de pérdidas.
Es un mercado donde el ganador se lleva casi todo y donde la escala global ofrece ventajas de costo que ningún jugador puramente local puede igualar.
A eso se suma un riesgo: en varios países avanzan proyectos para reclasificar a los repartidores como empleados, lo que encare





















