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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
Las advertencias de los líderes tecnológicos sobre el avance de la inteligencia artificial golpearon a fabricantes de chips e inversionistas del sector.
Claves de la nota
- Los futuros del Nasdaq llegaron a retroceder 1,6% y los del S&P 500 perdieron 0,7% tras las advertencias sobre la inteligencia artificial.
- SoftBank sufrió una caída superior al 10% en Tokio y las acciones de Nvidia cayeron 2,7% en las operaciones previas.
- El Ministerio de Relaciones Exteriores chino señaló a través de su portavoz que el alarmismo puede entorpecer la gobernanza.
La cautela aumenta antes de las decisiones de la Reserva Federal y otros bancos centrales.
Mientras, China acusa a Estados Unidos de utilizar la seguridad como instrumento para contener su desarrollo tecnológico.
Impacto de la inteligencia artificial en las bolsas mundiales
Los mercados comenzaron la semana obligados a revisar una de las convicciones que más dinero movilizó durante los últimos años: que el avance acelerado de la inteligencia artificial era una apuesta prácticamente irreversible. Las advertencias formuladas durante el fin de semana por algunos de los principales protagonistas de la industria introdujeron una duda inesperada.
Si la tecnología necesita avanzar más despacio para que los mecanismos de seguridad puedan alcanzarla, ¿qué ocurrirá con las inversiones extraordinarias, las valoraciones empresariales y las expectativas de rentabilidad construidas alrededor de la IA? El interrogante se trasladó este lunes a las bolsas.
Los futuros del Nasdaq, el índice estadounidense con mayor exposición tecnológica, llegaron a retroceder 1,6%, mientras los del S&P 500 perdían 0,7%.
Las acciones de Nvidia caían 2,7% en las operaciones previas a la apertura y las de Intel, cerca de 6%.
El impacto comenzó antes en Asia.
SoftBank, uno de los principales inversionistas de OpenAI, sufrió una caída superior al 10% en Tokio, mientras el Kospi surcoreano —con una fuerte presencia de fabricantes de semiconductores— perdió más de 3%.
En Europa, ASML, proveedor fundamental de maquinaria para fabricar chips avanzados, llegó a retroceder 5,4%.
No se trata todavía del abandono de la tesis de inversión en inteligencia artificial, pero sí de un cambio importante.
El mercado empezó a incorporar el riesgo de que el desarrollo de los modelos más avanzados enfrente mayores controles, auditorías externas y plazos más largos.
La industria pide tiempo
El detonante fue un ensayo de Dario Amodei, fundador y CEO de Anthropic, quien sostuvo que desarrollar modelos demasiado rápido se ha vuelto imprudente y pidió espaciar los grandes saltos de capacidad para permitir evaluaciones independientes y medidas de mitigación.
La posición recibió el respaldo de Sam Altman, CEO de OpenAI; Elon Musk, fundador de xAI, y Demis Hassabis, responsable científico de Alphabet y figura central de Google DeepMind.
Altman confirmó, además, que OpenAI no realizará este año la salida a bolsa que Wall Street esperaba.
Según explicó, el actual escenario de seguridad no ofrece las condiciones apropiadas para colocar en el mercado una empresa a la que se atribuían valoraciones superiores al billón de dólares.
La decisión tiene una lectura que trasciende a OpenAI.
Las empresas tecnológicas han comprometido cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, chips, energía e infraestructura.
Esas inversiones se justifican por una expectativa de crecimiento veloz y continuo.
Cualquier ralentización, aunque sea temporal, obliga a recalcular cuándo comenzarán a producir retornos suficientes.
Sin embargo, el dilema es más complejo.
Las grandes compañías pueden pedir prudencia, pero ninguna quiere frenar unilateralmente mientras sus competidores continúan avanzando.
Por eso, más que una interrupción de las inversiones, el resultado podría ser una redistribución del gasto hacia seguridad, supervisión y gobernanza, sin desmontar la infraestructura tecnológica ya proyectada.
Reacción geopolítica de China
La posibilidad de una desaceleración coordinada tropezó inmediatamente con la rivalidad entre Estados Unidos y China.
El diario oficialista chino Global Times acusó a una parte de la comunidad tecnológica estadounidense de desplegar un “manual de Guerra Fría” contra la IA china.
Según el periódico, las preocupaciones sobre seguridad encubren una estrategia para ampliar primero la ventaja estadounidense y negociar después con Pekín desde una posición dominante.
La crítica se dirige especialmente a la propuesta de mantener las restricciones a la venta de chips avanzados y maquinaria para fabricar semiconductores, combatir la denominada “destilación” de modelos y reforzar la protección de los parámetros internos de los sistemas estadounidenses.
China sostiene que esas medidas no buscan proteger al mundo de los riesgos de la IA, sino preservar un monopolio tecnológico.
El Ministerio de Relaciones Exteriores chino elevó este lunes la respuesta al terreno diplomático.
Su portavoz, Guo Jiakun, afirmó que el alarmismo, la confrontación y la competencia perjudicial pueden entorpecer la gobernanza global de la tecnología.
Pekín insiste en que la seguridad requiere cooperación internacional y no la exclusión de sus empresas.
La reacción prolonga la estrategia presentada por Xi Jinping ante los BRICS: promover una arquitectura de inteligencia artificial apoyada en modelos abiertos, cooperación tecnológica y mayor acceso para los países del Sur Global.
La propuesta no es únicamente colaborativa.
También ofrece a China una vía para ampliar su influencia en mercados emergentes, especialmente entre países que no pueden afrontar los costos de los sistemas estadounidenses o que buscan reducir su dependencia de Washington.
La postura de Washington
El presidente Donald Trump rechazó los llamados a ralentizar la industria.
Su razonamiento es estratégico: Estados Unidos no puede introducir limitaciones que entreguen a China la oportunidad de tomar la delantera.
Quien gane la carrera de la IA, gana, afirmó Trump durante el fin de semana.
La declaración revela la contradicción central del debate.
Los ejecutivos que construyen los modelos más potentes advierten que su velocidad entraña riesgos difíciles de controlar; pero los gobiernos consideran que desacelerar puede equivaler a perder una competencia decisiva para la seguridad nacional, la productividad y el poder económico.
El conflicto se vuelve todavía más dif





















