Escuchar esta nota
Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
Guatemala es el sexto país más emprendedor del mundo. Su tasa de actividad emprendedora temprana llega a 25.4%, por encima de casi cualquier economía medida. En el mismo estudio, 87.1% de los guatemaltecos que emprenden declaran que lo hacen porque no encuentran empleo formal.
Claves de la nota
- Guatemala registra una tasa de actividad emprendedora temprana del 25.4%, la sexta más alta del mundo.
- El 87.1% de los guatemaltecos emprende por falta de empleo formal según el Monitor Global 2025/2026.
- El 69.4% de los emprendimientos en etapa temprana opera en la informalidad y apenas 2.9% exporta.
Esos dos datos no se contradicen. Son las dos caras de la misma moneda. Sin embargo, una persona que emprende por necesidad no tiene las mismas herramientas y conocimientos para que su emprendimiento sobreviva y prospere frente a alguien que se ha preparado para esto por años. Y es ahí que si seguimos midiendo únicamente el número de nuevos emprendimientos, perdemos de vista la gran falla estructural que existe para que estos emprendimientos sean los que generen oportunidades laborales sostenible a largo plazo.
El Monitor Global de Emprendimiento 2025/2026 encuestó a cerca de 160 mil personas en 53 economías y encontró que las tasas de creación de empresas están en niveles récord mientras se ensancha lo que llama la brecha de supervivencia: cada vez menos negocios llegan a convertirse en empresas establecidas. Nacen más y se consolidan menos.
Vale la pena preguntarse entonces qué significa realmente una tasa alta de emprendimiento con las métricas actuales. En un país donde casi nueve de cada diez emprendedores llegaron ahí por falta de empleo, esa cifra no describe una economía dinámica. Describe un mercado laboral precario.
La barrera no es emprender: es sobrevivir
En Guatemala, 94.9% de la población considera que emprender es una buena opción de carrera, una de las tasas más altas del mundo. La disposición sobra. Estas cifras evidencian que no hace falta un programa más que convenza a nadie de intentarlo.
Que no todos los emprendimientos maduren es normal. Lo anómalo es lo otro: mientras en buena parte del mundo el freno es el miedo a intentarlo, aquí la disposición está resuelta y se desperdicia más adelante. La región tiene el activo escaso de otras economías y lo está dejando morir en el proceso.
La conversación se pone incómoda porque es el siguiente paso del embudo el que está roto, y esa fractura está bien documentada. En ese mismo país, los expertos consultados califican con 1.9 sobre 10 la prioridad que el gobierno da al emprendimiento. Entre las 53 economías del estudio, Guatemala aparece en el antepenúltimo lugar en políticas públicas y en dinámica del mercado interno. Mientras tanto, 69.4% de los emprendimientos en etapa temprana opera en la informalidad y apenas 2.9% tiene clientes internacionales.
El país que ocupa el sexto lugar mundial en emprender ocupa el antepenúltimo lugar en condiciones para que lo que emprende prospere.
Tampoco es un problema exclusivamente centroamericano. El mundo entero falla en las mismas dos cosas, que a su vez son las dos que más tardan en dar resultado y las que más requieren empuje gubernamental: educación emprendedora, y tanto la provisión como el acceso a financiamiento.
¿Qué pasa después de emprender? La pregunta que América Latina necesita enfrentar
Una segunda brecha que se está abriendo, la del acceso a inteligencia artificial, que separa a quien puede usarla de quien no. La región no está del lado perdedor por desinterés: Costa Rica figura entre los seis países del mundo con mayor expectativa en esta tecnología.
Pero la expectativa sin capacitación no produce empresas más productivas. Produce empresas que se creen más competitivas de lo que son.
El capital político hasta ahora se ha concentrado en iniciativas destinadas a empujar el nacimiento de negocios en la región y necesita evolucionar para fortalecer al ecosistema en sus siguientes etapas.
Esto no es un argumento para desmantelar programas existentes. Es un argumento para recategorizarlos como lo que son: un cimiento sólido terminado. Cuando una cuarta parte de los adultos ya emprende, la tarea de despertar vocación emprendedora está alcanzada. La siguiente inversión pública rinde más en la etapa donde las empresas mueren.
Las incubadoras funcionaron. Por eso se puede dejar de construir incubadoras.
Lo que no existe es el equivalente para la empresa de tres, cinco o siete años. La que ya factura, ya genera empleo, y se topa con que formalizarse le cuesta margen sin darle nada a cambio, con que ningún banco sabe evaluarla para ofrecerle crédito, y con dificultades y falta de información para exportar. Esa empresa no necesita que la inspiren.
De ahí surgen dos acciones concretas:
- La primera es cambiar la métrica con la que se define el éxito. Mientras el indicador sea el número de empresas registradas, los programas van a seguir optimizando registros. Medir supervivencia a tres y cinco años cambia qué se financia.
- La segunda es la más lenta y a la vez la mejor inversión a largo plazo. Educación emprendedora en la escuela, la condición peor calificada del mundo entero, y la que ningún gobierno prioriza porque sus resultados llegan tres administraciones después de haber sido aprobada. Necesita perspectiva, compromiso y voluntad política de largo plazo.
Llegaron porque alguien decidió que el emprendimiento era política económica y no sólo una fotografía para la siguiente elección.





















