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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
Factores de funcionamiento de un cable submarino
A medida que crecen el tráfico de datos, los servicios en la nube y las aplicaciones de inteligencia artificial (IA), también aumenta la presión sobre la infraestructura que mantiene conectada a América Latina con el resto del mundo En ese contexto es razonable preguntarse si los cables submarinos de fibra óptica que llevan años en operación pueden seguir respondiendo a una demanda cada vez mayor o si necesariamente deben ser reemplazados por sistemas nuevos. La respuesta no depende simplemente de la fecha en que fueron instalados, sino de su estado, su capacidad disponible, el mantenimiento que reciben, la tecnología de transmisión que utilizan y la función que cumplen dentro de una red mucho más amplia.
Claves de la nota
- Los consorcios consideran periodos de amortización de 25 años para recuperar el capital invertido en infraestructura
- El proyecto MAYA-1.2 reconfigura un sistema existente para conectar Florida, Honduras y Gran Caimán con nueva tecnología
- El nuevo sistema MANTA creará conexiones entre Estados Unidos, México, Panamá y Colombia para agregar rutas adicionales
La fibra instalada en el fondo del mar puede permanecer operativa durante décadas, mientras que una parte importante de la evolución tecnológica ocurre en los equipos que permiten transmitir información a través de ella. Esos equipos pueden ser actualizados a medida que aparecen nuevas generaciones de tecnología, incrementando la cantidad de datos que puede transportar una infraestructura existente y mejorando su eficiencia.
¿De dónde surgen los 25 años?
Por eso, conocer la edad de un cable aporta información, pero no permite determinar por sí sola si el sistema continúa siendo útil o si ha llegado el momento de sustituirlo. Cuando se habla de cables submarinos aparece con frecuencia una cifra: 25 años. Para alguien ajeno a esta industria, resulta fácil interpretar ese número como la vida útil técnica del sistema, algo parecido a una fecha después de la cual la infraestructura debería ser retirada o reemplazada.
Sin embargo, el origen de esa referencia está relacionado en buena medida con la manera en que históricamente se han estructurado financieramente estos proyectos y no con un límite físico que determine cuánto tiempo puede funcionar la fibra bajo el mar. El International Advisory Body on Submarine Cable Resilience, creado por la Unión Internacional de Telecomunicaciones (ITU) y el International Cable Protection Committee (ICPC), explica que los miembros de los consorcios suelen considerar periodos de amortización de aproximadamente 25 años al calcular el retorno del capital destinado a estos sistemas.
En términos sencillos, ese plazo ayuda a determinar durante cuántos años se recuperará financieramente la inversión realizada en construir la infraestructura. Que ese periodo termine significa que se ha completado un ciclo financiero; no significa automáticamente que la fibra haya dejado de funcionar o que el sistema haya perdido su utilidad técnica.
Esa diferencia es importante porque un cable que ha superado su periodo original de amortización puede continuar transportando tráfico y cumpliendo funciones relevantes dentro de una red. Incluso cuando un sistema deja de ser la ruta principal para determinadas comunicaciones, puede seguir aportando redundancia, diversidad de rutas y conectividad de contingencia cuando otra infraestructura presenta una interrupción. En una arquitectura de telecomunicaciones resiliente, disponer de esas alternativas puede ser tan importante como contar con la ruta de mayor capacidad.
La edad no define la vida útil de un cable submarino
Modernizar puede transformar un sistema existente. El proyecto MAYA-1.2 ayuda a entender cómo funciona esa evolución en la práctica. El proyecto parte del sistema submarino MAYA-1, una infraestructura ya existente, y lo reconfigura para conectar Florida (Estados Unidos), Honduras y Gran Caimán, a la vez que incorpora una modernización tecnológica para adaptar el sistema a las necesidades actuales de conectividad.
En lugar de sustituir necesariamente toda la fibra instalada bajo el mar, la actualización se concentra en los equipos y tecnologías de transmisión que permiten aprovecharla de manera más eficiente y obtener mayor capacidad de la infraestructura existente. El ejemplo muestra por qué un cable submarino no permanece tecnológicamente congelado desde el momento en que comienza a operar.
La infraestructura física puede mantenerse mientras los equipos que transmiten la información evolucionan, permitiendo que un sistema continúe respondiendo a nuevas exigencias de capacidad y desempeño. Por eso, antes de concluir que un cable debe sustituirse únicamente por su antigüedad, es necesario evaluar qué capacidad tiene disponible, qué modernizaciones admite y qué función desempeña dentro del conjunto de rutas que sostienen la conectividad de una región.
Esto tampoco significa que modernizar sistemas existentes elimine la necesidad de construir nuevos cables. América Latina seguirá requiriendo nuevas infraestructuras cuando exista una demanda que las justifique, cuando determinadas zonas necesiten mayor capacidad o cuando nuevas rutas puedan reducir vulnerabilidades y mejorar la diversidad geográfica de la red. La cuestión central consiste en identificar primero qué necesidad se quiere resolver y después determinar si la respuesta más adecuada es modernizar, ampliar, diversificar o construir.
Nuevas rutas cuando existe una necesidad real
El desarrollo de MANTA permite observar la otra parte de esa ecuación. Se trata de un nuevo sistema submarino concebido para crear conexiones entre Estados Unidos, México, Panamá y Colombia, incorporando rutas adicionales dentro de la infraestructura digital regional. Su construcción ilustra que aprovechar sistemas existentes y desarrollar infraestructura nueva no son enfoques incompatibles: ambos pueden formar parte de una estrategia de conectividad cuando responden a necesidades distintas.
Esta distinción resulta especialmente importante en América Latina porque los desafíos de conectividad no son iguales en todos los mercados. En algunos países puede ser necesario incorporar capacidad adicional; en otros, aumentar el número de rutas internacionales disponibles; y en otros, reforzar las redes terrestres que llevan esa capacidad desde las estaciones de a





















