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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
La verdadera transformación tecnológica del sector inmobiliario no consiste en utilizar más herramientas, sino en construir procesos donde tecnología, datos e intervención humana funcionen como un solo sistema.
Claves de la nota
- Un estudio de Deloitte señala que el 75 % de los líderes prefiere la colaboración con IA
- Investigaciones de JLL destacan que el 88 % de inversionistas inmobiliarios ya experimenta con inteligencia artificial
- Un 60 % de inversionistas inmobiliarios carece de preparación estratégica para escalar la inteligencia artificial operativamente
Cuando hablamos de PropTech la mayoría del tiempo solemos pensar en aquello que resulta visible para el usuario como plataformas, análisis de mercado o recorridos virtuales. Son avances importantes, pero una parte mucho más profunda de la transformación inmobiliaria ocurre detrás de la operación, en sistemas que conectan áreas y permiten que los procesos se ejecuten con mayor control y consistencia.
Ahí está, desde mi perspectiva, la diferencia entre utilizar tecnología y profesionalizar un negocio mediante tecnología. Una empresa puede utilizar ChatGPT para redactar anuncios, preparar presentaciones o analizar documentos y, al mismo tiempo, continuar funcionando internamente mediante correos aislados, hojas de cálculo independientes y decisiones concentradas en unas cuantas personas. Eso representa digitalización de tareas, pero no necesariamente transformación operativa.
La profesionalización comienza cuando entendemos primero cómo funciona el negocio. Esto es especialmente importante en el sector inmobiliario porque seguimos trabajando con un producto físico y con decisiones patrimoniales de alto involucramiento. En una compraventa tradicional todavía existe una dimensión humana difícil de sustituir: alguien abre una propiedad, conoce al cliente, interpreta necesidades que no siempre están claramente expresadas, observa el entorno, negocia y genera confianza en una operación que puede comprometer buena parte del patrimonio de una familia.
Por eso, la transición tecnológica difícilmente consistirá simplemente en pasar de visitar una vivienda a verla en internet y comprarla con un clic.
Quizá algún día lleguemos a ese punto. Hoy, sin embargo, el sector opera bajo un modelo híbrido. La verdadera oportunidad está en identificar qué partes requieren interacción humana y cuáles siguen siendo manuales únicamente porque históricamente siempre se hicieron así.
Automatizar no debería significar eliminar personas. Debería significar liberar a las personas de actividades repetitivas para concentrar su intervención donde realmente genera valor: criterio, negociación, estrategia, relaciones y toma de decisiones.
En operaciones inmobiliarias complejas, esta diferencia se vuelve todavía más evidente. Pensemos en un proceso hipotecario donde intervienen áreas jurídicas, financieras, de gestoría, comerciales y administrativas, además de notarías, bancos, autoridades y personal de campo. El problema muchas veces no está en una sola tarea, sino en la cantidad de transferencias de información que ocurren entre unas personas y otras. Cada cambio de manos puede agregar tiempo, interpretación y posibilidad de error.
La eficiencia surge entonces de reducir fricción alrededor del trabajo humano, no necesariamente de eliminarlo.
Adopción empresarial de inteligencia artificial
Esta visión coincide con lo que comienza a observarse en la adopción empresarial de inteligencia artificial. Una investigación de Deloitte publicada en 2026 encontró que 75 % de los líderes encuestados considera que la colaboración entre personas y agentes de IA genera mayor valor que la automatización por sí sola. Al mismo tiempo, apenas 5 % estimaba que sus procesos estaban altamente preparados para incorporar este tipo de agentes.
La diferencia es importante: tener acceso a inteligencia artificial no significa estar preparado para integrarla. Antes de automatizar es necesario entender el proceso.
¿Dónde comienza? ¿Qué información necesita? ¿Quién decide? ¿Qué ocurre cuando aparece una excepción? ¿Qué puede ejecutar una máquina y dónde necesitamos obligatoriamente supervisión humana?
Si esas respuestas no existen, la tecnología puede terminar automatizando el desorden. JLL encontró algo similar entre inversionistas inmobiliarios: 88 % ya había comenzado a experimentar con inteligencia artificial, pero más de 60 % seguía sin estar preparado estratégica, organizacional o tecnológicamente para escalarla dentro de sus procesos. La brecha entre quienes avanzan y quienes permanecen en proyectos aislados parece estar precisamente en la capacidad de construir una estrategia tecnológica alrededor del modelo de negocio.
PropTech invisible: las soluciones que no se ven, pero profesionalizan el mercado
Por eso considero que la primera decisión tecnológica de una empresa inmobiliaria no debería ser qué inteligencia artificial comprar, sino qué modelo operativo queremos construir, después será posible determinar qué partes conviene automatizar. Las primeras suelen ser administrativas: clasificación de información, generación de alertas, seguimiento de expedientes, extracción de datos o elaboración de reportes.
A partir de ahí, la tecnología puede intervenir en procesos más complejos: análisis financiero, valuación, detección de riesgo, comportamiento comercial y, eventualmente, apoyo a decisiones estratégicas.
El siguiente nivel aparece cuando esas herramientas dejan de funcionar de forma aislada. Las APIs, interfaces que permiten que distintos sistemas intercambien información, hacen posible conectar herramientas especializadas sin sustituir necesariamente toda la infraestructura tecnológica que una empresa ya utiliza. PwC y Urban Land Institute describen esta evolución como el paso de PropTech hacia una especie de sistema operativo inmobiliario, donde inteligencia artificial, agentes y diferentes fuentes de datos operan sobre plataformas existentes y se comunican entre sí.
Imaginemos que la información capturada por el área comercial alimenta automáticamente el expediente de una operación; el sistema identifica documentación pendiente; la inteligencia artificial revisa determinados datos; el modelo financiero se actualiza cuando cambia una variable y una alerta solicita intervención humana cuando aparece una inconsistencia.
Ninguna de esas funciones, observada individualmente, parece revolucionaria. La transformación aparece cuando trabajan juntas. En México y Centroamérica existe además una razón adicional para pensar de esta manera. Muchos procesos todavía dependen de información fragmentada, documentos físicos e interacción entre instituciones que avanzan a diferentes velocidades de digitalización. El Banco Interamericano de Desarrollo ha identificado precisamente la falta de transparencia y la ineficiencia de los procesos como dos de los problemas que el ecosistema PropTech busca resolver en América Latina y el Caribe.
Eso significa que no siempre será posible automatizar una operación de principio a fin. Puede existir una parte completamente digital y otra que todavía requiera una visita, una consulta física, una inspección o el criterio de un especialista.
Profesionalizar significa conocer esas fronteras y diseñar el sistema alrededor de ellas. Este punto es especialmente importante frente a una expectativa que empieza a crecer alrededor de la inteligencia artificial: asumir que, porque una tecnología puede ejecutar una tarea, necesariamente debe hacerlo de manera autónoma. No siempre será así. Deloitte plantea para los próximos años distintos grados de autonomía, desde sistemas donde la persona participa directamente en el proceso hasta otros en los que la IA opera y el humano supervisa. La decisión dependerá de la complejidad de la tarea, el nivel de riesgo y las consecuencias de un error.
La tecnología puede comprimir el proceso. El criterio continúa definiendo la decisión y ésto también cambia la discusión sobre productividad. Una empresa profesionalizada tecnológicamente no debería medir el éxito únicamente por cuántas personas logró sustituir, sino por cuánto tiempo eliminó de tareas improductivas, cuántos errores evitó, qué tan rápido puede procesar una operación y qué tan bien utiliza el conocimiento de su equipo.
La eficiencia puede significar exactamente que las personas intervengan menos veces, pero en los momentos donde su participación es realmente importante. Ésa es, en mi opinión, una de las grandes oportunidades que enfrenta hoy el sector.
Durante los últimos años, muchas empresas aprendieron a usar inteligencia artificial. La siguiente etapa será aprender a construir empresas alrededor de ella, conectándola con sistemas propios, bases de datos, aplicaciones y procesos diseñados específicamente para su modelo de negocio.
Y eso exige conocer profundamente ese modelo. Una empresa que no sabe cómo fluye una operación, dónde se generan los errores o qué decisiones son críticas difícilmente podrá determinar qué debe automatizar. La tecnología no reemplaza esa reflexión, la vuelve indispensable.
La profesionalización no llegará cuando todos sepamos generar una publicación con inteligencia artificial. Llegará cuando una empresa sea capaz de construir un ecosistema tecnológico que sostenga su modelo de negocio, reduzca fricciones, mejore la operación y preserve la calidad precisamente en aquellos momentos donde todavía necesitamos personas.
La tecnología más valiosa no será necesariamente la que haga desaparecer al ser humano del proceso. Será aquella que consiga que el ser humano intervenga únicamente donde realmente agrega valor.
*La autora es directora de Rematika.
Las opiniones expresadas son sólo responsabilidad de sus autores y son completamente independientes de la postura y la línea editorial de Forbes Centroamérica.




















