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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
Casi 48,000 mdd entran cada año a Guatemala, El Salvador y Honduras enviados por quienes se fueron. Durante décadas ese dinero llegó en efectivo, se cobró en efectivo y no dejó rastro. La disputa por convertirlo en infraestructura financiera ya empezó. Un impuesto estadounidense la aceleró.
Claves de la nota
- El Salvador, Guatemala y Honduras recibieron 47,730 mdd en remesas familiares durante el año 2025.
- Félix cerró una ronda de 200 millones de dólares liderada por Andreessen Horowitz y General Catalyst.
- Un impuesto estadounidense del 1% sobre remesas analógicas entró en vigor el 1 de enero de 2026.
El 1 de septiembre de 2026, Félix —fintech de Miami fundada en 2020 por dos inmigrantes latinoamericanos— cerró una ronda de 200 millones de dólares (mdd): 87 mdd en equity liderados por Andreessen Horowitz y una línea de crédito de 113 mdd del Customer Value Fund de General Catalyst. La empresa lleva procesados más de 8,000 mdd en remesas. Su producto no es una aplicación. Es una conversación de WhatsApp. Eso dice algo sobre cómo se construye distribución en la región. Pero el número que explica la ronda no está en el balance de Félix: está en la balanza de pagos de tres países centroamericanos.
El PIB vía transferencias y remesas familiares
En 2025, El Salvador, Guatemala y Honduras recibieron 47,730 mdd en remesas familiares, 20% más que el año anterior, según la Organización Internacional para las Migraciones. Guatemala capturó 25,530 mdd, Honduras 12,212 mdd y El Salvador 9, 988 mdd. Durante el primer semestre de 2026 acumuló 24,554 mdd, un 7.8% más que el mismo período del año pasado.
Para dimensionarlo: según el BID, las remesas equivalieron al 30.4% del pib de Honduras en 2025. La CEPAL calculó que en El Salvador rondan el 23% y en Guatemala el 19%. Ninguna otra economía de la región depende así de una sola fuente de divisas. No es una transferencia entre familiares: es el sistema de protección social que el Estado nunca terminó de construir, financiado por quienes tu- vieron que irse para sostenerlo.
En casi toda su historia, ese flujo operó al margen del sistema financiero. En Guatemala, según el diagnóstico del Banco Mundial, apenas 2.1% de las remesas se pagaba directamente en la cuenta bancaria del receptor; el resto se cobraba en efectivo. Dos bancos —Banrural y Banco Industrial— concentran más del 80% de la distribución.
El dinero entraba al país y salía del sistema en el mismo movimiento. Nadie bancarizaba a esas familias. Nadie construía historial crediticio sobre sus ingresos. Casi 48,000 mdd anuales atravesando tres economías sin dejar rastro financiero. Ese, y no el volumen, es el verdadero tamaño de la oportunidad.
“WhatsApp es el sistema operativo de la región”, dijo Manuel Godoy, ceo de Félix.
La frase explica porqué su empresa nunca le pidió a nadie que descargara nada.
EL IMPUESTO QUE LO ACELERÓ
El 1 de enero de 2026 entró en vigor en Estados Unidos un impuesto del 1% sobre las remesas enviadas al exterior, creado por la Sección 4475 del código tributario. El Center for Global Development estimó que Guatemala perdería alrededor de 415 mdd anua- les y advirtió sobre el riesgo de migración hacia canales informales.
Pero el dato decisivo no es la tasa: es la letra chica. El gravamen aplica únicamente cuando el remitente paga con efectivo, giro postal o cheque de caja. Quedan exentas las remesas fondeadas con cuenta bancaria estadounidense, tarjeta de débito o crédito emitida en Estados Unidos, o billetera digital vinculada a esas fuentes. La reglamentación que el Tesoro y el IRS publicaron en abril de 2026 confirmó ese alcance. Conviene leerlo dos veces.
El impuesto recae sobre el canal analógico y perdona el digital. Lo que se diseñó como recaudación fiscal terminó operando como política industrial involuntaria. Las cuentas ya eran favorables al canal digital antes del impuesto: la encuesta del Banco Central de Honduras muestra que enviar 100 dólares por billetera electrónica cuesta 2.76 dólares frente a 3.47 por remesadora tradicional.
Aun así, el 82.7% de los hondureños seguía usando remesadoras. La inercia pesaba más que el precio. El impuesto rompió esa inercia. En un mercado que se disputa por fracciones de punto en la comisión, un diferencial regulatorio de cien puntos básicos no es una desventaja competitiva: es una sentencia. Las fintech que llevaban cinco años construyendo rieles digitales para un mercado que todavía prefería el efectivo recibieron, sin pedirlo, el mejor argumento de venta de su historia.
DE CORREDOR A PLATAFORMA: La arquitectura de Félix muestra hacia dónde va el negocio
El usuario abre WhatsApp, escribe un mensaje —o graba un audio— y envía dinero. No descarga una app, no configura una billetera, no aprende qué es una stablecoin. Del otro lado, la liquidación entre países corre sobre USDC (stablecoins), lo que elimina la necesidad de prefondear cuentas en cada mercado y comprime el costo cambiario.
El receptor cobra como quiera: efectivo en decenas de miles de puntos físicos, depósito en su banco local o carga directa en una billetera digital. Félix pasó años haciendo el trabajo poco glamoroso de integrarse a todas esas redes. Esa integración es el foso.
Ahora viene la parte que explica la ronda. Con el nuevo capital, la compañía va a ofrecer cuentas de ahorro y crédito. Ahí está la tesis completa. La remesa no son el negocio: es el costo de adquisición de cliente más barato jamás diseñado.
Una familia que recibe dinero 12 veces al año a través de una plataforma que le entrega algo que ningún banco centroamericano tuvo nunca sobre ese segmento: un registro continuo, verificado y de años de ingresos recurrentes. Eso es un score crediticio construido sobre un flujo que el sistema formal trató como invisible.
El patrón es idéntico al que definió a las plataformas más valiosas de la región: capturar un flujo de alta frecuencia y baja rentabilidad unitaria, y usarlo como base de distribución para productos financieros que sí tienen margen.
LA INFRAESTRUCTURA DE LOS QUE NO ESTÁN
Hay una ironía difícil de esquivar. Las economías de Guatemala, El Salvador y Honduras se sostienen sobre el trabajo de personas que ya no viven allí. Y la infraestructura financiera más moderna que estos países tendrán en la próxima década no la está construyendo su banca local ni su Estado: la están c





















