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Voz generada con inteligencia artificial por ElevenLabs. El texto es de la redacción de Finanzas y Negocios.
El impacto real de la reversión del Efecto Flynn en las nuevas generaciones
La reversión del Efecto Flynn ya se tradujo en una caída de hasta siete puntos de coeficiente intelectual entre generaciones y América Latina, con su propio rezago educativo, no puede seguir mirando hacia otro lado.
Claves de la nota
- La reversión del Efecto Flynn genera una pérdida estimada de hasta siete puntos de coeficiente intelectual por generación.
- Un estudio de 2018 analizó los test de aptitud cognitiva de más de 730.000 hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991.
- En 2023, una investigación analizó a cerca de 400.000 estadounidenses evaluados entre 2006 y 2018 mediante un test cognitivo online.
La imagen que muchos tendrán ante la pregunta de si la humanidad se está volviendo más tonta es la de una caída repentina en los tests que miden la inteligencia, un día en que comienzan a arrojar resultados catastróficos.
No obstante, esa escena no existe: la realidad es mucho más sutil y, precisamente por eso, este fenómeno es mucho más difícil de detectar y prevenir a tiempo.
Hoy, la reversión del Efecto Flynn, una tendencia global, ya no es una hipótesis, con pérdidas de hasta siete puntos de coeficiente intelectual entre generaciones y un proceso de declive con un impacto especialmente fuerte en América Latina, donde la región arrastra además su propio rezago educativo.
Por eso no es posible seguir mirando hacia otro lado: lo que está en juego no es solo un dato estadístico, sino el futuro del talento responsable de sostener la región durante las próximas décadas.
Una creencia tranquilizadora
Durante casi cien años la humanidad ha vivido instalada en una certeza tranquilizadora: cada generación es más inteligente que la anterior, algo que resultaba especialmente reconfortante en las poblaciones de un nivel socioeconómico más bajo.
Y no era solo una intuición optimista, era un dato medible y contrastable.
Desde principios del siglo XX, las puntuaciones medias obtenidas en las pruebas de coeficiente intelectual aumentaron en numerosos países, a un ritmo aproximado de dos o tres puntos por década.
Este fenómeno se conoce como Efecto Flynn, en honor al investigador James Flynn, quien documentó el incremento de las puntuaciones de CI entre generaciones y puso de manifiesto hasta qué punto los resultados de las pruebas de inteligencia pueden verse influidos por el entorno en el que se crece.
En otras palabras, puso en cuestión la idea de que las capacidades cognitivas humanas sean completamente inmutables: la inteligencia no es únicamente el resultado de la herencia genética, sino que también puede verse moldeada y potenciada por el entorno social, educativo y cultural.
No obstante, un day esa tendencia se rompió, y la pregunta es: ¿Somos cada vez más tontos?
La ruptura de una tendencia
A mediados de los años 90, en las oficinas de reclutamiento militar de Noruega y Dinamarca, países en los que se realizaban tests de inteligencia estandarizados a miles de jóvenes cada año, los oficiales empezaron a notar algo completamente inesperado en las gráficas.
Muchos pensaron que era un error estadístico, otros que quizás fuera un fallo en la corrección de las pruebas, pero el “error” estaba ahí, y seguía año tras año.
Hasta que en 2018, un estudio de los investigadores noruegos Bernt Bratsberg y Ole Rogeberg, publicado en la revista científica PNAS, analizó los test de aptitud cognitiva realizados durante el servicio militar a más de 730.000 hombres noruegos nacidos entre 1962 y 1991.
La conclusión fue contundente: las puntuaciones dejaron de crecer en las generaciones nacidas a partir de mediados de los setenta y, desde entonces, han ido cayendo de forma sostenida, con una pérdida estimada de hasta siete puntos por generación.
Tendencias similares se han documentado desde entonces en muchos otros países europeos.
Este fenómeno no es exclusivo de Europa.
En 2023, un estudio de la Universidad de Northwestern, publicado en la revista Intelligence, analizó los resultados de cerca de 400.000 estadounidenses evaluados entre 2006 y 2018 a través de un test cognitivo online.
El hallazgo: caídas moderadas pero persistentes en razonamiento lógico-abstracto, series numéricas y razonamiento verbal, mientras que la única habilidad que mejoró fue la rotación espacial de figuras en tres dimensiones.
Las buenas y malas noticias
Investigaciones posteriores han traído una noticia tranquilizadora y otra que lo es bastante menos.
La tranquilizadora: no hay evidencia de una degradación genética de la especie.
El cerebro de un niño que nace hoy es, en términos biológicos, idéntico al de uno nacido en 1970.
La incómoda: si el “hardware” no ha cambiado, el problema es ambiental.
Y lo ambiental, a diferencia de lo genético, es un terreno que admite corrección.
Dicho de otro modo: la humanidad no se está volviendo más tonta por naturaleza; está construyendo, de forma activa, un ecosistema que atrofia en lugar de potenciar.
Y ahí, precisamente, está también la mejor noticia de todo este diagnóstico: si el entorno es la causa, el entorno también puede ser la solución.
Pero exige el coraje de corregir hábitos normalizados durante años, tanto en la esfera personal como en las organizaciones.
Sin embargo, antes de ceder al catastrofismo y a la búsqueda de culpables que ponen en riesgo el futuro del talento de la región, conviene hacer una distinción crucial.
Si se define la inteligencia únicamente como la capacidad de resolver los test diseñados hace más de un siglo, la respuesta es sí: los datos bajan.
Pero observado con perspectiva, el fenómeno se parece menos a una involución y más a una adaptación.
Los cuatro sospechosos habituales
Nadie ha identificado todavía una causa única, no obstante, la investigación realizada en este ámbito converge en cuatro frentes.
El primero es el sistema educativo.
Durante décadas, la educación formal entrenó exactamente las habilidades que después medían los tests de inteligencia: razonamiento abstracto, lógica, lectura profunda, concentración sostenida.
Hoy, en cambio, buena parte del sistema ha decidido que memorizar ya no tiene sentido “porque está en Google” y ha saltado directo a las competencias.
El problema es que sin datos almacenados en la memoria, es decir, sin cultura general, no hay pensamiento crítico posible.
No se pueden conectar puntos si no hay puntos en la cabeza.
Externalizar la memoria no libera espacio: vacía los cimientos sobre los que se construye el razonami





















